Apur Sansar se desvanece

La vitalidad desbordante y trágica de los personajes de Apur Sansar (1959), última película de la trilogía de Apu rodada por el director indio Satyayit Ray, nos mantenían a los espectadores en vilo en una sala de cine madrileña. La copia proyectada, en mal estado de conservación, con arañazos, fotogramas borrosos, y banda de sonido que, en ocasiones, se distorsionaba no impedía, la fascinación por el melodramatismo neorrealista y casi mítico de Apur Sansar.

Conmovido por las imágenes afección, la música y la dura supervivencia de los personajes, el largometraje fue avanzando hacia la escena final, en la que Kajal, el hijo medio-salvaje y abandonado por Apu (actor Soumittra Chatterjee), está dispuesto a seguir a su padre, cuando éste ha arruinado toda su existencia y no le queda más esperanza que el perdón de Kajal. Apu esboza su sonrisa, la misma que le permitió sobreponerse a las dificultades en anteriores escenas del largometraje. En ese instante, con el corazón todavía encogido por el pathos, los fotogramas de Apur Sansar se queman ante nuestra mirada atónita, antes de que Apu y su hijo compartan el mismo plano en la carretera de camino a la ciudad, dejándoles separados para siempre en un plano/contra plano. El celuloide del fotograma se descompone desde el centro, abriéndose como pétalos hasta desvanecerse y dejar la pantalla en blanco.

Para remediar el incidente, los proyeccionistas  se afanan inquietos en la cabina. Algunos espectadores, no obstante, abandonan de inmediato la sala. Otros, esperamos. Sin duda, queremos ver a Apu y su hijo expósito compartiendo fotograma. La banda sonora se escucha de nuevo un breve instante, sin imágenes en la pantalla. El ruido de movimientos se acentúa en la cabina de proyección. Se encienden las luces de la sala y más espectadores renuncian a la espera. Sólo quedamos un reducido número de cinéfilos cuando la música de la película vuelve unos instantes, esta vez para confirmar definitivamente la imposibilidad de empalmar la película y ver los escasos minutos o segundos de metraje de Apur Sansar que restan del final de la película.
Resignados, salimos de la sala y el responsable, disculpándose, nos confiesa que esa copia, en tan mal estado, era la única que circulaba para la difusión en salas cinematográficas en todo el mundo. Con la impresión que produce la descomposición de la materia fílmica, acentuada sin duda por la exclusividad de la copia del largometraje, salgo del cine y camino vacilante, rememorando la escena en la que Aparna (la actriz Sharmila Tagore), joven esposa de Apu de origen acomodado, entra por primera vez en la oscura y mísera habitación en la que convivirá con su esposo. Aparna no puede evitar el llanto al borde de la ventana. Entonces, cuando la infelicidad de la adolescente parece servida, ésta observa entre lágrimas a una madre de origen modesto que juega con su hijo desnudo. Aparna para súbitamente de llorar, un nuevo fulgor habita en su mirada: la maternidad. A partir de ahí, se suceden las deliciosas escenas de convivencia entre Apu y Aparna, ella cuidando de este niño grande con tierno reproche y sonrisa disimulada.  

 

La escena que he citado de Aparna muestra una constante  filosófica de Apur Sansar: los personajes, cuando la desesperación y la adversidad les asedian, basta un mínimo detalle para canalizar sus ganas de vivir. En el caso de la escena final, la llama en el fotograma me impidió consumar la visión del reencuentro entre Apu y su hijo Kajal, a pesar de saber que, una vez más, Apu, nuestro héroe frágil, sobrevivió. El mundo de Apu no se desvaneció completamente.

 

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